Ser o no ser Charlie: ¿Debería Larry Flint publicar en Ciudad Juárez?

Juan Francisco Lobo

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Academic Coordinator at MOOC Chile
Lawyer, Universidad de Chile. Professor, Legal Theory, Universidad Diego Portales. Professor, International Criminal Law, Universidad Adolfo Ibáñez.
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    La masacre perpetrada en contra de los editores de Charlie Hebdo ha sido tratada principalmente como un problema de libertad de expresión. Como sucede con todo derecho humano, la libertad de expresión está sujeta a ciertas limitaciones. De conformidad a los tratados internacionales en la materia, no es aceptable la propaganda en favor de la guerra ni tampoco el discurso que constituya una “apología del odio”, es decir, una incitación al odio racial, étnico o religioso y a la realización de actos violentos inspirados en tal animosidad.

    No obstante, cualquier análisis del caso sería incompleto si – como ha sido la tendencia generalizada – se concentrase solamente en la defensa irrestricta del derecho a la libertad de expresión. Esto porque dicho derecho forma parte de un tejido más amplio de garantías denominadas “derechos humanos”. El derecho a la libertad de expresión es tan sólo uno más dentro de este catálogo, en el cual pocos derechos – como la prohibición de la tortura – gozan de un carácter absoluto, no estando entre ellos la libertad de expresión.

    En efecto, además del límite interno de la prohibición de la apología del odio, la libertad de expresión posee fronteras externas, pues debe acomodarse con otros derechos con los cuales puede entrar en colisión, como usualmente sucede con la libertad de conciencia.

    Por lo anterior cabe preguntarse: ¿Fue este únicamente un episodio clásico de libertad de expresión versus libertad de conciencia, o colisionó también aquella libertad con el derecho de los musulmanes a no ser discriminados arbitrariamente?

    La prohibición de discriminación arbitraria busca proscribir toda distinción que se haga en perjuicio de una persona o grupo en base solamente a una característica que no se puede cambiar o que no es lícito exigir que se cambie, como el sexo, la raza o la religión (consideradas como “categorías sospechosas”). En principio, pareciera que la revista no discriminó a nadie, pues atacaba a todos los credos por igual. Tampoco habría sido arbitraria, porque no exigía que las personas ofendidas modificasen sus creencias.

    Y sin embargo, no se puede soslayar la existencia de un contexto o situación estructural de discriminación sufrida por los inmigrantes musulmanes en Europa, como lo demuestran las últimas manifestaciones islamófobas en ese continente, que los vuelven un grupo especialmente vulnerable, del mismo modo como las mujeres lo son en Ciudad Juárez (México), de acuerdo a lo resuelto por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso “Campo Algodonero” de 2009.

    En un contexto de discriminación estructural en contra de una minoría, como las mujeres o los musulmanes, la colisión entre la libertad de expresión y el derecho a la no discriminación se vuelve especialmente manifiesta, lo cual reclama una adecuada ponderación entre derechos que no asigne ex ante primacía a ninguno de ellos.

    Si no sería correcto que Larry Flint publicase su misógina revista Hustler en un contexto de discriminación estructural contra las mujeres como el de Ciudad Juárez, cabe plantearse la pregunta acerca de los límites externos de la libertad de expresión de revistas como Charlie Hebdo en un contexto de discriminación étnica estructural como la vivida en Europa.

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