Rusia, el águila de dos cabezas

Juan Francisco Lobo

Juan Francisco Lobo

Coordinador Académico at MOOC Chile
Abogado, Universidad de Chile. Profesor, Introducción al Derecho, Universidad Diego Portales. Profesor, Derecho Penal Internacional, Universidad Adolfo Ibáñez.
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    El pasado 30 de septiembre Rusia comenzó su participación militar directa en el conflicto armado interno que se ha desarrollado en Siria desde 2011. El gobierno ruso declara haber dirigido sus bombardeos aéreos exclusivamente en contra de ISIS y de otros blancos que “se ven y actúan como terroristas”. La OTAN, por el contrario, acusa a Rusia de estar apoyando militarmente a su aliado, el dictador sirio Bashar Al-Assad, en la lucha contra los grupos armados que representan una amenaza más próxima que ISIS, esto es, los rebeldes sirios y Al-Nusra (filial de Al-Qaeda).
    Más allá de la discusión sobre las verdaderas intenciones de la intervención militar de Rusia en Siria, lo cierto es que tras estos ataques Rusia se ha perfilado indiscutiblemente como un actor internacional gravitante en la configuración geopolítica de la región. Ello consolida la tendencia iniciada en septiembre de 2013, cuando Rusia intermedió entre Estados Unidos y Siria para que ésta última comenzara un proceso de eliminación de su arsenal de armas químicas.

    Los acontecimientos de los últimos dos años, y en especial de los últimos días, demuestran que Rusia es capaz de influir eficazmente en el conflicto de Siria, tanto por medio de la diplomacia como a través del uso de la fuerza militar, una dualidad que evoca aquella propia del escudo de armas ruso. El águila de dos cabezas, heredada del Imperio Bizantino, representaba originalmente la dicotomía entre lo espiritual y lo temporal. Actualmente parece reflejar la ambivalencia del actuar internacional ruso entre la guerra y la paz.

    En efecto, durante los últimos días Rusia ha recurrido a la cabeza de la guerra para beneficiar a su aliado, el gobierno de Assad. Sin embargo, la historia presenta a Rusia una oportunidad única para convertirse en legítima heredera de una genuina tradición humanitaria que el antiguo Imperio Ruso practicó desde fines del siglo XIX a través de la Declaración de San Petersburgo (1868), la Guerra Ruso-Turca por motivaciones humanitarias (1877) y mediante su rol en la discusión de las cuatro convenciones de La Haya de 1899 y 1907, en las que diplomático ruso Fiodor Martens promovió una cláusula abierta de protección a las personas (que lleva su nombre).

    Tras el fiasco de la falsa intervención humanitaria en Georgia en 2008, Rusia tiene hoy la oportunidad no solamente de desatar la cabeza de la guerra en contra del Estado Islámico, sino también de despertar a la cabeza de la paz, presionando a Assad para que realice las concesiones políticas necesarias para poner fin al conflicto armado con los rebeldes y ejercer por fin su primordial responsabilidad de proteger a la población siria.

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