Las culpas de Oskar Gröning

Juan Francisco Lobo

Juan Francisco Lobo

Academic Coordinator at MOOC Chile
Lawyer, Universidad de Chile. Professor, Legal Theory, Universidad Diego Portales. Professor, International Criminal Law, Universidad Adolfo Ibáñez.
Juan Francisco Lobo

Latest posts by Juan Francisco Lobo (see all)

    El 21 de abril recién pasado Oskar Gröning, de 93 años, compareció ante un tribunal en la ciudad alemana de Lüneburg. Se le acusa de complicidad en el homicidio de 300.000 judíos húngaros en el infame campo de concentración de Auschwitz-Birkenau, operado por el régimen nazi en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial y en el que Gröning se desempeñó como guardia de las fuerzas SS.

    Este juicio reabre la discusión acerca de la posibilidad – y acaso la utilidad – de los intentos por impartir justicia retributiva luego del Holocausto, un debate que tuvo lugar más recientemente sobre el caso de John Demjanjuk (deportado desde Estados Unidos a Israel en 1986, repatriado, y deportado nuevamente hacia Alemania en 2009).

    Más allá de la rica discusión en torno a la justificación y finalidad de la pena sostenida dentro de la doctrina de derecho penal desde hace décadas, el caso de Oskar Gröning nos remite al “problema de la culpa alemana”, célebremente conceptualizado por el filósofo Karl Jaspers en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

    Jaspers distinguió cuatro tipos de culpa por los actos cometidos por los alemanes durante ese conflicto. En primer lugar, la culpa criminal, que recae sobre aquel individuo que cometió un delito y que debe ser declarada por un tribunal. Segundo, la culpa política, que es atribuible a toda la comunidad organizada bajo determinado tipo de régimen y que es impuesta por el vencedor de un conflicto. Tercero, la culpa moral, que sólo es imputable a un individuo que ha infringido estándares éticos de comportamiento y que puede ser administrada únicamente por el tribunal de la propia conciencia. Por último, la culpa metafísica, que es aquella admitida ante Dios por el individuo que, pudiendo haber evitado el sufrimiento de otro, no lo hizo, y en consecuencia siente remordimiento por continuar con vida.

    Tratándose de Oskar Gröning, se puede decir que la culpa política fue tempranamente impuesta en la historia por las potencias vencedoras, sobre él y sobre todos los alemanes, aunque no hubieran participado en el régimen nazi. La culpa moral de Gröning ha sido asimismo admitida por él en su declaración judicial, en la cual ha solicitado el perdón de las víctimas. Tal petición, así como sus aparentes intentos por ser transferido en más de una ocasión del campo donde tuvieron lugar los hechos que se le imputan, dan cuenta de una experiencia de genuina culpa metafísica por parte del imputado. Por tanto, sólo resta al tribunal de la ciudad de Lüneburg, órgano con competencia en lo penal, determinar si Gröning posee culpa criminal, además de poseer culpa política, moral y metafísica.

    En la determinación de dicha culpa criminal el tribunal debería tener en cuenta, por un lado, que si se entregó un amplio margen de flexibilidad a los jueces de Nüremberg en la aplicación de normas penales retroactivas (como el Estatuto del Tribunal Militar Internacional de 1945) para contribuir al objetivo mayor de fundar lo que David Luban ha llamado un “nuevo orden internacional”, esto difícilmente podría justificarse a comienzos del siglo XXI, cuando dicho orden se encuentra relativamente consolidado. Por ello, la corte alemana tendrá que ceñirse estrictamente a las normas jurídicas (domésticas e internacionales) vigentes al tiempo en que se cometieron los hechos imputados.

    Si al hacerlo, por otro lado, el tribunal concluye que Gröning actuó con culpa criminal, entonces no debería abstenerse de declararlo culpable y de condenarlo a la pena pertinente, a menos que consideraciones humanitarias acuciantes hagan necesaria la aplicación de alguna medida de clemencia.

    Después de todo, la antigua máxima romana de “hacer justicia aunque se acabe el mundo” (fiat justitita pereat mundus), no puede conducirnos a destruir aquel nuevo mundo fundado a partir de los escombros de la Segunda Guerra Mundial, ni tampoco a desmantelar su bóveda o remover de ella la estrella que debería guiar todas nuestras decisiones futuras: la dignidad humana.

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    *
    *
    Website