La buena nueva de la humanidad

Juan Francisco Lobo

Juan Francisco Lobo

Academic Coordinator at MOOC Chile
Lawyer, Universidad de Chile. Professor, Legal Theory, Universidad Diego Portales. Professor, International Criminal Law, Universidad Adolfo Ibáñez.
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    En este día, 24 de diciembre de 2014, entra en vigencia el Tratado de las Naciones Unidas sobre el Comercio de Armas. Este acuerdo busca regular el comercio internacional de armas convencionales y erradicar el tráfico ilícito de las mismas, de modo de contribuir a la paz, la seguridad y la reducción del sufrimiento humano.

    Estos propósitos, en especial el último, perfilan al nuevo tratado como una conquista más en una larga tradición de tratados internacionales de derecho humanitario, o derecho de los conflictos armados. El Tratado sobre el Comercio de Armas viene a coronar un proceso que – si bien precedido por la costumbre – se inició con la primera Convención de Ginebra de 1864, y continuó con una multitud de otros documentos.

    El principio angular de este desarrollo está contenido en la denominada “cláusula de Martens”, incluida ya en una Convención de La Haya de 1907 y reiterada en tratados posteriores. De acuerdo a ella, en los casos no previstos en los tratados de derecho humanitario, los civiles y combatientes de todos modos “quedan bajo la protección de los principios del derecho de gentes derivados de los usos establecidos, de los principios de humanidad y de los dictados de la conciencia pública”.

    La mencionada cláusula de Martens abre una vía de esperanza: que pueda forjarse una comunidad moral internacional a base de los principios de humanidad y de los dictados de la conciencia pública. Desde hace décadas, estos principios han sido representados por las ideas de los derechos humanos y la dignidad humana, de amplia aceptación internacional.

    También en este día, se cumplen 100 años desde las denominadas “Treguas de Navidad” de la Primera Guerra Mundial, en virtud de las cuales las tropas de la guerra de trincheras depusieron momentáneamente las armas para confraternizar con los soldados de las potencias enemigas y celebrar la Noche Buena y el día de Navidad, dado su ethos religioso común.

    De este modo, parafraseando a Hannah Arendt, se podría decir que uno de los “caudales subterráneos” más poderosos que han fluido a lo largo de la historia bajo el torrente manifiesto de la solidaridad religiosa ha sido el afán por aliviar el sufrimiento humano, tanto en la guerra como en la paz.

    La firma de este nuevo Tratado sobre el Comercio de Armas por 130 países, en el transcurso de tan sólo un año, es una señal auspiciosa de que dicho caudal subterráneo comienza a emerger en la práctica de los Estados y en la conciencia de los pueblos. Es ciertamente una “buena nueva”, que la humanidad se da a sí misma tras siglos de sufrimiento.

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