Falleció Patricio Aylwin, el primer presidente democrático de Chile (1990-1994) luego de la dictadura militar de 1973-1990

José Zalaquett

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Head of the Project at MOOC Chile
Lawyer, Universidad de Chile. Doctor Honoris Causa, by the Universities of Notre Dame and City University of New York.
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Se ha dicho, con justicia, que Patricio Aylwin será recordado, por muchos conceptos, como un gran Presidente de Chile, pero que su legado sobre los derechos humanos fue quizás su contribución más importante.

Al momento de asumir el mando de la Nación, en marzo de 1990, no había muchos precedentes de lo que hoy se llama justicia transicional y en esa época era conocido como transición a la democracia y derechos humanos. En efecto, solamente dos países de América del Sur, Argentina y Uruguay, habían enfrentado los dilemas morales, legales y políticos de una transición que dejaba atrás una dictadura bajo la cual se cometieron indecibles atrocidades. El presidente Alfonsín de Argentina formó la primera moderna Comisión de Verdad, la cual emitió un informe estremecedor denominado “Nunca Más”. Sin embargo, probablemente sobreestimó sus recursos políticos y terminó, bajo presión militar, cediendo mediante las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Uruguay, en tanto, tuvo una transición pactada y no hubo Comisión de Verdad oficial. El informe “Uruguay Nunca Más” fue producido por organizaciones no gubernamentales.

Hoy, más de tres décadas después, se cuenta con la experiencia de cerca de 40 comisiones de verdad en todo el mundo, la mayor parte de ellas fracasadas. La experiencia chilena sobre la revelación de la verdad, en cambio, a través de la Comisión de Verdad y Reconciliación y, años más tarde, la Comisión sobre Prisión Política y Tortura es considerada universalmente como un ejemplo de trabajo serio y completo.

Sobre la estatura moral de Patricio Aylwin se pueden afirmar dos cosas centrales: primero, fue un hombre para toda estación, no sólo para verano, primavera y otoño. Segundo, encarnó en su vida y sus políticas, la ética de la responsabilidad de que nos hablaba Max Weber. El político que actúa de acuerdo a este criterio, asume la responsabilidad por las consecuencias de sus actos y siempre considera las posibilidades de la vida real antes de actuar. En cambio, si el político que se guía por sus convicciones, a despecho de la realidad, fracasa, no se hace responsable sino que culpa al destino o al pueblo que no supo ver la luz y seguir su conducción.

Sé que Patricio Aylwin pensaba que el estándar que debía tenerse respecto de los derechos humanos era hacer todo lo humanamente posible para cumplir con los deberes que estas normas imponen. Esto lo manifestó públicamente mediante una expresión que ha sido muy criticada: “justicia en la medida de lo posible”. Quizás esta frase no es feliz desde el punto de vista comunicacional. Pero, aparte del hecho de que lo contrario sería un absurdo “justicia en la medida de lo imposible”, me consta que nunca quiso significar una justicia desganada o reticente, sino hacer todo lo humanamente posible.

Patricio Aylwin comprendió muy bien que era necesario comenzar por dar a conocer la verdad de lo ocurrido e intuyó que un informe serio abriría camino para nuevos avances en materia de justicia transicional. Con eso en mente, designó una Comisión de Verdad y Reconciliación paritaria, compuesta de ocho personas. Su intuición era que estas personas se pondrían de acuerdo. En efecto, el informe fue unánime, lo que le otorgó una gran credibilidad. Más tarde, el 4 de marzo de 1991, dio a conocer al país el informe de la Comisión Rettig y, asumiendo la representación del Estado, pidió perdón a los familiares de las víctimas.

Su principal convicción en materia de derechos humanos fue que esta noción debía llegar a incorporarse en la conciencia moral del país, tal como lo es hoy día la prohibición de esclavitud.

En sus funerales hablaron en su elogio desde el Partido Comunista hasta la derecha política que apoyó el golpe militar.

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